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    August 06

    Abrazos gratis

    Abrazos gratis

    Un letrero de cartón, una calle de una ciudad cualquiera y dos palabras: abrazos gratis.

    A veces he soñado con dejar todo atrás y marcharme a una isla remota y tempestuosa para trabajar de farero y vivir ajeno al mundanal ruido, con la única compañía de mi perro, mi bicicleta y mis libros. Otear el horizonte con los prismáticos cada mañana. Fumar en pipa y llevar gruesos jerseys de lana, en plan anuncio de nescafé. Escuchar el hipnótico rintintín del Morse en la radio yheight="350">hablar con solitarios marinos, a los que imagino con la cara curtida por el salitre y una barba como la de Chanquete. No sé si seré el único, pero me da la impresión de que la crispación del mundo es cada vez mayor y por eso siento la tentación de salir huyendo. Estoy harto de los coches bomba en Irak. Estoy harto de que se muera la gente en Darfur sin que a nadie le importe. Estoy harto de las luchas entre israelíes y palestinos. Estoy harto de ver el avance de la degradación ambiental sin que nadie haga nada. Estoy harto del terrorismo. Estoy harto de ver cómo se cierran más senderos a los ciclistas de montaña pero se abren más carreteras y aparcamientos. Estoy harto de las mismas riñas de siempre entre gentes de derechas y de izquierdas, de aquí y de allá. Estoy harto de políticos mediocres que se nutren de esas riñas. Estoy harto la politización de la vida social y cultural. Estoy harto de ver cómo aumenta la distancia entre las personas, entre las familias y entre los pueblos, por mucho que Internet nos haya puesto a un teórico clic de distancia a unos de otros.

    Algo así debió sentir, hace un par de años, un joven australiano llamado Juan Mann. Sus padres se divorciaban. Había roto con sus novia. Su abuela estaba muy enferma. Acababa de regresar de una temporada en el extranjero y se sentía desconectado de sus amigos. Las noticias del mundo eran deprimentes. Así que, un buen día, agarró un trozo de cartón y pintó en él dos palabras: abrazos gratis. Se plantó en una calle peatonal con su letrero y esperó sonriente. No tardó en encontrar a muchos que supieron conectar de inmediato con todo lo que subyacía en aquel acto, aparentemente absurdo e ingenuo, de abrazar a un simpático desconocido. En septiembre de 2006, Juan colgó un video en YouTube que ha sido visto por más de 14 millones de personas y que ha popularizado las campañas de abrazos gratis por todo el mundo.

    En estos días, siento a menudo la necesidad de que alguien me dé un abrazo. Incluso estaría dispuesto a pagar por él un precio módico -si encontrara algún tipo de meretriz que se especializase en este servicio no sexual. Por ejemplo, cuando me veo en mi frágil bicicleta en medio de un río de coches rugientes y malolientes; cuando me recorro media ciudad para encontrar productos ecológicos; cuando pedaleo a escondidas por senderos vedados a las mountain bikes; cuando no me dejan subir la bici en el autobús o en el tren; cuando leo las noticias cada mañana.

    Quizás parezca una chorrada, pero el vídeo de Juan Mann me ha hecho plantearme que quizás no sea tan buena idea escabullirme del mundo. Además, ahora ya los faros son automáticos y la mayoría de los tripulantes de los 1,700 buques monocasco que navegan por ahí cargados de crudo no llevan barba y sólo hablan cantonés, urdú o tagalo -y con suerte un poco de inglés al estilo Chiquito de la Calzada.

    Ser o no ser. ¿Qué es más noble, huir perseguido por los dardos de la fortuna adversa o enfrentarse a este mar de problemas planetarios? Supongo que el verdadero reto es convertirse en el cambio que uno desea ver en el mundo. Quizás porque, en medio de esta sociedad de consumo, cuesta cada vez más darse cuenta que las cosas más valiosas y más amenazadas son gratis. No dejes de pedalear, nos vemos el próximo mes.height="350">

      


     

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